Se sentó en el borde de la cama, junto a ella.
- Iris- pidió- Mírame .
Y tomándola por la barbilla y clavando su mirada en ella, pronunció con exquisita lentitud una frase que se le antojó mucho más dulce que cualquier rosquilla de limón, masticando minuciosamente cada sílaba:
- Te quiero. ¿Me oyes?
- Sí, Mikhail, lo sé .
Se tumbaron uno junto a otro, entrelazados por brazos y piernas como si de serpientes se tratase.
Iris se acurrucó bajo la figura desgarbada de Mikhail, que la rodeó con sus brazos y la estrechó fuertemente contra su pecho. Le gustaba cerrar los ojos y permanecer en silencio: sintiendo las suaves yemas de Mikhail explorando con delicadeza cada una de sus vértebras. Entonces abría los ojos y allí estaba él: su nariz a escasos milímetros de ella, en medio de la oscuridad de la habitación. Sus cálidos ojos, esperando para abrigarla si tenía frío: para recogerla del suelo si tropezaba. En medio de tanta paz, se estaba quedando dormida.
- ¿Sabes que pones una cara muy dulce cuando duermes?.
- ¿Dulce? imposible. ¿Acaso podría un ogro resultar dulce?- bromeó Iris torciendo los labios en una mueca burlona.
Mikhail no respondió, pero sus pupilas sonreían. No había más que decir: Iris lo había comprendido perfectamente.
- Yo también- dijo, simplemente; y se estremeció una vez más bajo los fuertes brazos de Mikhail, antes de volver a sumergirse en la profunda oscuridad de sus sueños.
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